Mi experiencia con el maestro Roda comenzó muy tarde en su vida, en 1994, cuando llegué a Bogotá para dictar clases en un colegio privado del norte. Yo tenía apenas veintidós años. Cómo terminé enredado en el fascinante mundo que Juan Antonio había creado por los lados de Suba, resulta irrelevante para este legado. Pero si de algo puedo dar fe, mejor quizás que varios que lo conocían desde hacía largo tiempo, es del incuestionable magnetismo de Roda. Su fuerza de gravedad era la de un cuerpo celeste, y al encontrarme lejos de la casa, caí, como tantos, bajo su órbita.

Y, bueno, saltemos al final: una tarde hizo mi retrato. Cuento con un registro preciso de esa tarde (además de la imagen tamaño pliego que ahora cuelga enmarcada en la casa de mi padre en Virginia), pues tan pronto como ter-minó la sesión volé a la casa para escribir todo lo que podía recordar. Parecía apenas justo que la retratada fuera recíproca.

Recuerdo una de esas típicas tardes encapotadas: las cortinas medio transparentes del estudio de Roda mantenían la cambiante luz de Bogotá en un tono sobrio. Recuerdo a Roda preparar el caballete y el papel, ordenando a un lado sus herramientas. Levantó las cejas hacia mí como si dijera “¿Ya?”. Me acomodé en la silla y esperé más instrucciones. Echó una mirada, se quitó las gafas, se restregó los ojos con el borde de las manos, se frotó la cara, volvió a mirar. Me hizo mover hacia un lado. Como todos los grandes artistas, Roda era insuperable en el acto de mirar.

—Estás todo oscuro —comentó—. No veo sino sombras.

Levanté la cara. Con un ligero movimiento de la mano, fijó la inclinación que inadvertidamente le había dado yo a mi cabeza y pareció satisfecho.

Alisó la hoja con la mano, la arrastró por los bordes como un hombre ciego buscando orientarse. Eché una mirada alrededor del estudio, desde la amplia biblioteca de libros de arte hasta los regalos de amigos pintores y los autorretratos y grabados enmarcados. Clavadas en el marco de la ventana había fotos espontáneas de todos sus nietos. Con su mirada intrigante y firme, me pilló mirando nerviosamente alrededor. Necesitaba tomarse unos segundos para mirar. Intenté mirarlo a un ojo, después al otro, después a un punto justo sobre su frente. Chasqueó la lengua: “Necesito mirarte”.

Entonces empezó a dibujar. Quise ver qué lápices agarraba y tratar de adivinar por la naturaleza de los trazos qué sería lo que iba apareciendo en el papel. Podía visualizar sombreados, líneas largas, borrones; para las texturas y los contrastes más oscuros, Roda sostenía el caballete para poder aplicar la presión necesaria. Tenía las piernas debajo de la silla, cruzadas. Mientras trabajaba, su respiración salía fuerte por la boca abierta.

¿Qué pensaba yo al respecto? Recuerdo tener la mente tranquila.

—Dime cuando quieras descansar —me dijo.
—Okay.
—¿Quieres descansar ya?
—Es agotador —contesté.

Paramos un momento, pero me quedé al otro lado del dibujo, donde no podía verlo. Pensaba que si Roda quería que lo viera me lo hubiera mostrado. Trajeron café, y su esposa María vino desde la casa para hacer una visita. Tenía una penosa historia que contar sobre unos amigos que habían sido atracados a mano armada. Roda soltó un chasquido al oír la noticia. “¿Para qué oponer resistencia? Hay que entregar la cartera”, comentó. Imagino que María entendió que eso significaba que ya era hora de salir del estudio. Mientras se iba, dijo: “No hagas mue­cas, porque”, y terminó la frase con un gesto hacia el caballete.

Roda ofrecía algo de conversación entre las prolongadas pausas de trabajo silencioso. Hablamos de Lady Macbeth, del destino de Shostakovich, de un amigo catalán que se había casado con una rusa para aprender ruso, con desastrosas consecuencias. Comparó mi rostro con los retratos en los sarcófagos Fayoum de la Era Romana. Me contó que en su familia hubo alguna vez un pianista y que él lamentaba no haber aprendido nunca a tocar. Contó haber visto el Tristam de Wagner en Barcelona cuando era niño. Me contó una historia sobre creatividad y libertad: “Una vez presenté un cuadro en blanco y negro para una muestra colectiva. Entonces el curador me dijo: ‘Pero, maestro, a usted que le gusta tanto el color, que tiene tanto dominio, ¿por qué presenta este cuadro?’. Le contesté que era como acercarse a un compositor y decirle: ‘Le faltan las trompetas’ ”. Y por alguna razón, en ese ensimismamiento, le vino a la mente un juego de palabras, que soltó entre risas: “A Marseille on voit la mer de partout”*.

Para trabajar en mis manos, subió el caballete, soltando las abrazaderas metálicas. Las manos y el rostro hacen el retrato, como una estatua de san Agustín.

Y, entonces, un rato después, dijo: “Bueno, eso es, supongo”. Observó lo que había hecho. “Me pareces muy niño”. Me levanté. “Siéntate, voy a seguir otro poco”.

Trabajó un rato más. La música terminó. “Es suficiente, terminé”. Volvió a mirar. Me señaló de nuevo la silla. Obedecí.

“Uno podría seguir pintando hasta el fin del mundo”, dijo, dejando sobre el taburete que tenía al lado las cinco herramientas que acababa de usar. “Te quedas atrapado. Hay un momento en el retrato que es muy peligroso. Se vuelve fotográfico; quieres que todo quede perfecto, y la idea es no perder ese momento donde la obra aún está viva. Puedes perder muy fácil la crudeza y la vitalidad tratando de hacer que se vea igual a como es”.

“A mí siempre me parece un milagro que haya un parecido”, dijo. Yo pensaba lo mismo.

Después de negarse a que le pagara, me preguntó si podía quedarse con el retrato por un día. “María querrá verlo terminado”.

*En Marsella uno ve la mar desde todas partes. O, con el juego de palabras: En Marsella uno ve —desde todas partes— la mierda.

October 4, 2007